MONSERRAT CLAUSELLS: INTENSIDADES DE ORIENTE

 

Profundos rojos se suceden, en riquísimos matices de oscuros a anaranjados, entre colores grisáceos, violáceos, más desvaídos, vaporosos, alternándose a su vez con reflejos como de agua, fantasmagóricas neblinas y lunas blancuzcas o de oro viejo, paisajes del alma que a veces recurren a la geometría para organizarse, para separarse en vertical y moverse por una ascensión imparable de introspección personal.

–Es quizás entre lo más espiritual donde más se encuentran las raíces materiales, sensoriales, humanas…

–¿Versará, tal vez, sobre eso el arte?

Con todo, la evocación, la insinuación, más que la mera representación, se hace continua en el trabajo de Montserrat Clausells (Barcelona, 1960). Desde las mismas características, Amparo Gámir ofrece ahora 23 de las obras de la artista que se pronuncian sobre su más reciente experiencia, a la vez misión de enseñanza y aprendizaje, en el exótico Nepal.

Recorre todas las pinturas un hálito de sueño, una capacidad de ver más allá, algo que con seguridad se puede llegar a sentir en Bhaktapur, la ciudad que las inspira, que funde al individuo con el todo, que eterniza, que convierte en una serena lentitud la atemporalidad.

Clausells se deja llevar por la intensidad, o por la falta de la misma cuando procede, en un estilo elegante que recuerda a Redon, o al más abstracto Gustave Moreau, aquél de difusos y coloristas esbozos que a tantos artistas influyó, que a tantos dejó en su libertad expresiva.

Es así como quedan reflejados, desde la gastronomía o el paisaje arquitectónico de la ciudad inspiradora, hasta sus rituales y los sacros colores del budismo, respirando y dejando respirar cada superficie pictórica, envolviendo al espectador en esa calma oriental tan contrapuesta al acelerado Occidente, tan lejana también a una mera perspectiva turística, más socorrida para un pensamiento globalizado.

Destaca, en definitiva, una sabiduría casi ceremonial del empleo del color, de la pincelada etérea frente a una nitidez innecesaria, casi molesta en lo que se pretende, en composiciones equilibradas, no del todo abstractas, de ensoñaciones panteístas, de agradable extrañamiento. La pintura se abandona a su esencia, y de igual manera, el espectador a su iniciático viaje.

 

Amparo Gámir

ES

EN